viernes, 10 de febrero de 2012

AY DIOS MÍO DIOS MÍO...

Casi diez años negándome a pequeños detalles que reconfortan la vida, porque al igual que todos, tengo el eterno defecto de creerme menos que nada, de no dar la talla a las exigencias directas e indirectas que me propone el vivir.

Encerrándome en mí mismo, como si fuera capaz de solucionar mis problemas, muy por el contrario, terminaba como espectador y creador de absolutas emociones ligadas al complejo de negarme a mí mismo, de odiarme, de acuchillarme, de derrotarme, de golpearme, esconderme y perderme oportunidades que cualquier ser viviente, no tan tonto, aceptaría.

He cerrado los ojos ante las motivaciones, porque nunca fueron suficientes, nunca mitigaron el desprecio que por mí sentía, y alejaba de mí la justa posibilidad de ser feliz por un momento, porque como todo que drena sangre, lo merezco.

Y lo entendí casi diez años después, que merecía olvidarme de mí y pensar en algo más grande, que a la vez me envolviera con todo, aire, agua, gente y esos ojos que me convencen, que me motivaron con un: “Date una oportunidad…conmigo”, sí, con ella.

Fue suficiente para quitarme la prenda del desprecio, del temor, y abalanzarme cautelosamente al olvido y la superación, ¿y por qué no?, a ella.

Gracias es una palabra, espero un día poder explicarte su significado.


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