No sé cómo empezó todo, pero para
mí fue a los cinco años. Como algunos saben, esa edad fue el punto de partida
en mi vida. Abrí los ojos en una camilla de hospital, pues había sido
atropellado por una camioneta(Los detalles los contaré en otro post).
Desde mi vida vista por mí no
sabía quién era yo – Dudo que alguien lo sepa a los cinco, y menos atropellado-
pero sí sabía cómo me llamaban. “Chino”, las razones las conozco, pero siempre
me fueron ilógicas, insuficientes, aceptables. Fui llamado así por todos los
que no integraban el entorno escolar. Chino esto, chino lo otro…chino y tanto
chino que me chocó enterarme que mi verdadero nombre era otro, pero eso viene
después.
En la escuela primaria ya era un
niño bastante extraño, no disponía de muchos amigos ni de grupos definidos,
siempre fueron efímeros, inestables y sobre todo intrascendentes. Aun así no me
salvé de los obligatorios apodos, que iniciaron señalando mi despigmentación
como también mi estructura física, para encontrar una aleación de factores que
produjo el sobrenombre de mi primaria: “Vaca
asustada”.
Pasar a la secundaria significaba
cambios en mi vida, ya no debía ser el pequeño niño extraño apodado vaca, ahora
debía ser alguien más intrépido. En el primer año alguien me quiso plantar un
apodo por escapar del mismo, quiero decir, él sabía que tarde o temprano alguien
se daría cuenta que él merece el apodo que me dio. Y eso pasó, el apodo que me
puso no tuvo la magnitud que él pensó, y se fue perdiendo conforme mi
personalidad iba resaltando una característica puntual. Fui llamado “Loco”.
No sé qué nos pasa a todos, pero
cuando dejamos la escuela y pasamos a la etapa preuniversitaria, todos queremos
pintar de personas formales, de gente seria, y nos esforzamos al máximo en demostrar
eso con el deseo determinante de ingresar y además con el trato a las personas
llamándolas por su nombre.
Yo recuerdo a la gran mayoría de
personas, con las que estuve en la escuela, por sus apodos o algún apellido,
pero mentiría si recordara el primer nombre de alguno, honestamente, fue despreocupación
aprenderlo, y desconocimiento recordarlo. Y sé que no soy el único a quien le
pasó.
Entré al mundillo
preuniversitario sorprendido al ver que todos en vez de buscarme un apodo se
esforzaban en llamarme “Jorge”. Sorprendido porque nunca nadie me llamó así en
un ámbito cotidiano o natural. Incluso en mis pensamientos cuando tenía que
referirme a mí, nunca era por “Jorge”, me
llamaba “Chino”.
Ya con el tiempo en otros
ambientes muchos de esos apodos se iban combinando, no existía un solo llamado
para mí, existían muchos y repetidos y diferentes, contados y constantes, pero
nunca uno solo, probablemente sea Chino el más frecuente, pero la diferencia
con Jorge no es mucha, y además con otro relativamente novedoso y particular
que cada día se consolida en el Olimpo de mis llamados (“Novi”)
A lo largo de este tiempo podría
pensar que cada uno significó algo en determinado momento de mi vida, más como
un factor descriptivo superficial que sentencioso y profundo. Pero más allá de
las letras, significados y valoraciones que cada uno de los apodos tienen, soy consciente
que nunca fui totalmente uno. Por más que ninguno guarde relación entre sí, acepto
que nunca fui Jorge, vaca, chino, Jor63, jorsensentaytres o etc. Nunca me
importó cómo me llamaran, porque siempre fui yo.
