Quizá esa vieja frase de Groucho
que dice: “jamás pertenecería a un club que aceptara a gente como yo” -que también
habló aquella vieja película- se ha apoderado de mi vida.
Si bien es cierto hace falta un
poco de humildad para reconocer mis errores, también es cierto que en la más
absoluta e idiota soberbia, estoy en la capacidad de saber lo que no me conviene
(Elegante estupidez).
La emoción en donde envuelvo
estos aspectos contradictorios (Humildad y soberbia), hace que me resulte fácil
concluir que mis defectos terminan por comprobar que lo que menos me conviene en
la vida son aquellas personas o cosas a las cuales “convengo”.
En resumen, todo el que acepte compartir
algo conmigo, no hace más que confirmar una doble mala decisión que atesta mi
alma de culpa y de impotencia.
Es válido creer en injusticias,
en conspiraciones del destino o pago de cuentas pendientes, pero sólo es el
maquillaje patético de una realidad que avergüenza. Donde el más intrépido
orgullo hace un esfuerzo tremendo por salvar la pizca de coherencia que me
queda.
Entonces ¿por qué aceptar algo
que me acepta?, si sé que soy la peor decisión que pueden tomar. Porque
cargar conmigo ya es un problema, pero doble cargar a alguien que me carga. Nadie lo merece.
Queda claro entonces que no
intento culpar al club, persona o cosa que me acepte -al contrario terminan por
ser víctimas- pero sí a mí, que tengo la humildad de reconocer mis defectos (Infinitos),
esconder mis errores (Finitos) y la soberbia de entender que lo mejor para mí es no ingresar
al club, persona o cosa, y evitar la crisis emocional que pueda originar a quienes no lo merecen. (Único)
Hasta mañana, hasta hoy día,
hasta jamás. Y hasta siempre y por siempre.
