viernes, 31 de agosto de 2012

EL BUEN SABOR DE LAS ACEITUNAS

1. Era el año 121 d.C. Estaba un soldado romano, y sentado en una cantina ahogando una pena de amor, con un amigo y también soldado. Se lamentaba el primero sobre el hombro del segundo, quien sólo atinaba a dar consuelos artificiales.
Pasaban los minutos y las horas como gotas de licor derramadas sobre la barra, y las miradas ajenas eran de burla, y el soldado lloroso y romano lanzó las siguientes preguntas en tono dramático:
     -¡¿Por qué?! ¡¿Por qué no me ama?! ¡¿Es porque sólo soy un soldado romano?!
El amigo sorprendido y avergonzado ante la exclamación de su compañero de cantina, atinó a responder.
     -No, es porque eres un imbécil.

2. Era el año 1924. Estaba un escritor americano, y sentado en un bistró ahogando una pena de amor, con un amigo y también escritor. Se lamentaba el primero sobre el hombro del segundo, quien sólo atinaba a dar consuelos artificiales. 
Pasaban los minutos y las horas como gotas de licor derramadas sobre la barra, y las miradas ajenas eran de burla, y el escritor lloroso y americano lanzó las preguntas en tono dramático:
 -¡¿Por qué?! ¡¿Por qué no me ama?! ¡¿Es porque sólo soy un escritor americano?!
El amigo sorprendido y avergonzado ante la exclamación de su compañero de bistró, atinó a responder.
     -No, es porque eres un imbécil.

3. Era el año 2009. Estaba un abogado japonés, y sentado en una discoteca ahogando una pena de amor, con un amigo y también abogado. Se lamentaba el primero sobre el hombro del segundo, quien sólo atinaba a dar consuelos artificiales.
Pasaban los minutos y las horas como gotas de licor derramadas sobre la barra, y las miradas ajenas eran de burla, y el abogado lloroso y japonés lanzó las preguntas en tono dramático:
 -¡¿Por qué?! ¡¿Por qué no me ama?! ¡¿Es porque sólo soy un abogado japonés?!
El amigo sorprendido y avergonzado ante la exclamación de su compañero de discoteca, atinó a responder.
     -No, es porque eres un imbécil.


Es el año 2012, y aunque no estoy ni en una cantina, bistró, ni menos en una discoteca, puedo lamentar con absoluta sinceridad que a lo largo del tiempo, lo único que ha hecho el ser humano ha sido confirmar aquella frase de Mark Twain: «La historia no se repite, pero rima».
Y aunque la civilización evoluciona y la tecnología se dispara, más allá de las emociones, situaciones, sentimientos que son relativamente positivas, aquello que está estancado y hace que la historia rime, es la eterna imbecilidad humana. 

jueves, 23 de agosto de 2012

"YO"


No sé cómo empezó todo, pero para mí fue a los cinco años. Como algunos saben, esa edad fue el punto de partida en mi vida. Abrí los ojos en una camilla de hospital, pues había sido atropellado por una camioneta(Los detalles los contaré en otro post).
Desde mi vida vista por mí no sabía quién era yo – Dudo que alguien lo sepa a los cinco, y menos atropellado- pero sí sabía cómo me llamaban. “Chino”, las razones las conozco, pero siempre me fueron ilógicas, insuficientes, aceptables. Fui llamado así por todos los que no integraban el entorno escolar. Chino esto, chino lo otro…chino y tanto chino que me chocó enterarme que mi verdadero nombre era otro, pero eso viene después.
En la escuela primaria ya era un niño bastante extraño, no disponía de muchos amigos ni de grupos definidos, siempre fueron efímeros, inestables y sobre todo intrascendentes. Aun así no me salvé de los obligatorios apodos, que iniciaron señalando mi despigmentación como también mi estructura física, para encontrar una aleación de factores que produjo  el sobrenombre de mi primaria: “Vaca asustada”.
Pasar a la secundaria significaba cambios en mi vida, ya no debía ser el pequeño niño extraño apodado vaca, ahora debía ser alguien más intrépido. En el primer año alguien me quiso plantar un apodo por escapar del mismo, quiero decir, él sabía que tarde o temprano alguien se daría cuenta que él merece el apodo que me dio. Y eso pasó, el apodo que me puso no tuvo la magnitud que él pensó, y se fue perdiendo conforme mi personalidad iba resaltando una característica puntual. Fui llamado “Loco”.
No sé qué nos pasa a todos, pero cuando dejamos la escuela y pasamos a la etapa preuniversitaria, todos queremos pintar de personas formales, de gente seria, y nos esforzamos al máximo en demostrar eso con el deseo determinante de ingresar y además con el trato a las personas llamándolas por su nombre.
Yo recuerdo a la gran mayoría de personas, con las que estuve en la escuela, por sus apodos o algún apellido, pero mentiría si recordara el primer nombre de alguno, honestamente, fue despreocupación aprenderlo, y desconocimiento recordarlo. Y sé que no soy el único a quien le pasó.
Entré al mundillo preuniversitario sorprendido al ver que todos en vez de buscarme un apodo se esforzaban en llamarme “Jorge”. Sorprendido porque nunca nadie me llamó así en un ámbito cotidiano o natural. Incluso en mis pensamientos cuando tenía que referirme a mí, nunca era por “Jorge”, me llamaba “Chino”.
Ya con el tiempo en otros ambientes muchos de esos apodos se iban combinando, no existía un solo llamado para mí, existían muchos y repetidos y diferentes, contados y constantes, pero nunca uno solo, probablemente sea Chino el más frecuente, pero la diferencia con Jorge no es mucha, y además con otro relativamente novedoso y particular que cada día se consolida en el Olimpo de mis llamados (“Novi”)
A lo largo de este tiempo podría pensar que cada uno significó algo en determinado momento de mi vida, más como un factor descriptivo superficial que sentencioso y profundo. Pero más allá de las letras, significados y valoraciones que cada uno de los apodos tienen, soy consciente que nunca fui totalmente uno. Por más que ninguno guarde relación entre sí, acepto que nunca fui Jorge, vaca, chino, Jor63, jorsensentaytres o etc. Nunca me importó cómo me llamaran, porque siempre fui yo.


jueves, 9 de agosto de 2012

MEDLEY


Quizá esa vieja frase de Groucho que dice: “jamás pertenecería a un club que aceptara a gente como yo” -que también habló aquella vieja película- se ha apoderado de mi vida.
Si bien es cierto hace falta un poco de humildad para reconocer mis errores, también es cierto que en la más absoluta e idiota soberbia, estoy en la capacidad de saber lo que no me conviene (Elegante estupidez).
La emoción en donde envuelvo estos aspectos contradictorios (Humildad y soberbia), hace que me resulte fácil concluir que mis defectos terminan por comprobar que lo que menos me conviene en la vida son aquellas personas o cosas a las cuales “convengo”.
En resumen, todo el que acepte compartir algo conmigo, no hace más que confirmar una doble mala decisión que atesta mi alma de culpa y de impotencia.
Es válido creer en injusticias, en conspiraciones del destino o pago de cuentas pendientes, pero sólo es el maquillaje patético de una realidad que avergüenza. Donde el más intrépido orgullo hace un esfuerzo tremendo por salvar la pizca de coherencia que me queda.
Entonces ¿por qué aceptar algo que me acepta?, si sé que soy la peor decisión que pueden tomar. Porque cargar conmigo ya es un problema, pero doble cargar a alguien que me carga. Nadie lo merece.
Queda claro entonces que no intento culpar al club, persona o cosa que me acepte -al contrario terminan por ser víctimas- pero sí a mí, que tengo la humildad de reconocer mis defectos (Infinitos), esconder mis errores (Finitos) y la soberbia de entender que lo mejor para mí es no ingresar al club, persona o cosa, y evitar la crisis emocional que pueda originar a quienes no lo merecen. (Único)
Hasta mañana, hasta hoy día, hasta jamás. Y hasta siempre y por siempre.