Exprimir mi mente a costa de satisfacer mis cojudos deseos, caducar la sed de aquella idea que creía correría muchos kilómetros cargándome hacía todo lo que llamamos felicidad, sin considerar la confusión en la cual la involucraba y la sensación de culpabilidad con la que me ahogaba.
La orientación por las cuales oscilaba mi cerebro llevaba a mi tallarín cerebral por la complejidad de no querer entender la realidad (Es complejo hacer mucho y no tener nada), la ajena realidad en la cual me sumergí a fin de ensalzar mi tallarín por ensalzarlo, sin tener idea de su valoración comestible.
En el buffet de la vida, el jugo que brindaba mi mente y el tallarín que repartía mi cerebro eran depreciados por aquellos glotones e insensatos que no hacían más que consumirlos sin tener que degustarlos, significando para mi autocritica, como una simple y superficial necesidad, más que un buen y consciente cocinero.
Resulta que ahora exprimir mi mente a costa de no sentirme yo mismo, alborota cada una de mis células líquidas naturales. Ese “alboroto”, no es más que el ordenamiento por filas, columnas, colores, tamaños, que no hace más que convertirme en algo, más que diferente, pertinente a mi bebible realidad.
Resulta que el enredo de mi tallarín no es más importante que las salsas preparadas por ella, disponible en el buffet de la vida para aquellos prudentes degustadores siempre dispuestos a valorar el talento culinario de mi vida, que quiere involucrar lo saludable y sabroso, y que un gesto de felicidad no hacen más que sentirme el mejor cocinero del mundo.
En el menú de mi vida existe la más variada selección de platos debidamente preparados, expuestos sobre una mesa previos a un proceso de tiempo, sinceridad, consciencia, sobriedad y entraña. Ingredientes necesarios para la pertinente nutrición de la realidad.
Y aunque siendo honesto, estoy convencido que los platos no cambian, estoy seguro que mejoran o empeoran. Y en el gran buffet de la vida ¿Qué vas a pedir hoy?.
La orientación por las cuales oscilaba mi cerebro llevaba a mi tallarín cerebral por la complejidad de no querer entender la realidad (Es complejo hacer mucho y no tener nada), la ajena realidad en la cual me sumergí a fin de ensalzar mi tallarín por ensalzarlo, sin tener idea de su valoración comestible.
En el buffet de la vida, el jugo que brindaba mi mente y el tallarín que repartía mi cerebro eran depreciados por aquellos glotones e insensatos que no hacían más que consumirlos sin tener que degustarlos, significando para mi autocritica, como una simple y superficial necesidad, más que un buen y consciente cocinero.
Resulta que ahora exprimir mi mente a costa de no sentirme yo mismo, alborota cada una de mis células líquidas naturales. Ese “alboroto”, no es más que el ordenamiento por filas, columnas, colores, tamaños, que no hace más que convertirme en algo, más que diferente, pertinente a mi bebible realidad.
Resulta que el enredo de mi tallarín no es más importante que las salsas preparadas por ella, disponible en el buffet de la vida para aquellos prudentes degustadores siempre dispuestos a valorar el talento culinario de mi vida, que quiere involucrar lo saludable y sabroso, y que un gesto de felicidad no hacen más que sentirme el mejor cocinero del mundo.
En el menú de mi vida existe la más variada selección de platos debidamente preparados, expuestos sobre una mesa previos a un proceso de tiempo, sinceridad, consciencia, sobriedad y entraña. Ingredientes necesarios para la pertinente nutrición de la realidad.
Y aunque siendo honesto, estoy convencido que los platos no cambian, estoy seguro que mejoran o empeoran. Y en el gran buffet de la vida ¿Qué vas a pedir hoy?.

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