Resumo las muchas ideas conocidas
en una experiencia maravillosa, y es que el concebir a un ser no podría
explicarse de otra manera. Viene de la entraña, formado de lo más profundo, es
todo tuyo, es parte de ti, eres tú. Afirmo y confirmo que si en mí, y en mi
cuerpo existiera esa facultad, opinaría lo mismo pero con mucha más intensidad
y efusividad.
Sin embargo, soy consciente que
aquella facultad me fue negada, y que el deseo se somete a la decisión conjunta
de una copartícipe, digo, no somos plantas. Como también es cierto que esa copartícipe
debe cumplir una serie de requisitos naturales, razonables, emocionales,
incluso psicológicos, pero sobre todo sentimentales, que definirán la decisión
de asumir o no la responsabilidad.
Es cierto que hay un viejo dicho
que asume el rol de una madre en determinada situación, mayormente extrema:
“Madre es la cría, no la que engendra”, es indiscutible la veracidad de la
premisa, como también es cierto que es mayor la felicidad si Madre es la que
cría y también la que engendra.
Vivir el proceso completo debe
ser una de las experiencias más complejas que existen, puede que en muchos casos
satisfactorias, pero en todas agotadoras. Y puede que a los agentes externos,
como nosotros los varones, no nos alcance un millón de veces la ayuda y los
sentimientos que brindemos para poder influir completamente en el proceso.
Por eso reconozco que la gloria,
el respeto, el amor inexplicable que acarrea todo esto, es natural y justamente
para la Madre, por quien yo sería capaz de apoyar y darle todo lo necesario
para cumplir el sueño, como también de renunciar al mismo, porque a veces no
lo siento tan mío, por mi condición.
La disponibilidad y el potencial están
en la gran mayoría, el deseo también, las ganas como los miedos siempre serán oportunas.
La fuerza, las canciones, el compromiso, las emociones, los sentimientos, la
ilusión, el criterio y aquellas cosas que faciliten el bienestar de la Madre y
el Hijo, van de la mano con el amor logrado. Mismo amor que me haría creer que
dos personas en mi vida sería maravilloso, pero que sólo una también.
Porque más allá de todo, siempre
es más importante los que ya están, antes de los que todavía, y si acaso nunca llegara
a pasar, eso no impedirá mi felicidad. Y en cuanto al deseo de la paternidad, lo resignaría con esa frase de Sófocles: “No haber nacido nunca puede ser el mayor de
los favores”.
