Una de las pocas virtudes humanas
es la propia e independiente elección de temática existencial. Quiero decir, si
bien es cierto otra de las cualidades indispensables del ser vivo es la
dependencia o sometimiento ante una realidad imposible de cambiar, cada uno de nosotros
la puede interpretar de distinto modo.
Donde muchos ven un problema,
otros una oportunidad. Y no es que uno sea mejor que otro, sólo que los principios
por los cuales se rigen son distintos, por decisión. Por decisión cada uno de
nosotros le insertamos un toque de estilo propio a nuestras vidas, y aunque sea
propio debemos aceptar que no es original, pero que marca una diferencia notoria
entre nosotros.
Sí, cada uno de nosotros elegimos
si nuestra vida es un drama o una comedia. Si cada cosa que nos pasa es la peor
del universo y condicionar los siguientes sucesos para autodestruirnos. O si todo
resulta ser una broma puesta por la deidad pertinente y continuar los
siguientes momentos riéndonos de eso.
Si diseñamos una confabulación
mundial, universal permanente en nuestra contra, o sí nos creemos una
insignificancia olvidada por todos, y olvidando de todo. Si le ponemos nuestro
nombre al odio del mundo, o sí le ponemos nuestro nombre a la risa del mundo.
Insisto en que una no es mejor que otra, no sé cuál será la mejor alternativa para vivir mejor, o para tomar buenas decisiones. No sé si cada una tenga la solución para nuestros problemas.
Sé que sea o drama o comedia la temática como principio de nuestra vida, la
forma en cómo la llevemos nos hace distintos, pero que aún así, no basta para escapar
de la finalidad de la vida y ser iguales ante la debilidad romántica.
