Aunque llegues a una etapa de tu vida donde alcances a tener la mayoría de tu tiempo bueno(Realmente bueno), hay una minoría, no menos importante, que delata necesidades emocionales, ajenas a lo primero, aunque a veces producidas por esa mayoría.
Hoy me he dado cuenta que en los últimos meses he conseguido y consolidado emociones importantísimas y determinantes para mi vida, pero que he perdido otras, siendo una de las más importantes la pérdida de un amigo.
Nunca nadie podrá decirme lo que él, porque él aun sin decir nada me lo dijo todo, siempre tuvo la forma perfecta para darme su más grande lección; “No existe barreras”, lo supe desde el día que le abrí mi puerta hasta el día en que cerré sus ojos, siempre lo tuve presente, y sobre todo, sentía en mi entraña que aquello era cierto.
Era cierto porque la relación con él era el mejor ejemplo, ese vínculo es inexplicable y ha quebrado tontas barreras de forma, origen y más tonteras. Nunca nadie entenderá el significado de la palabra sacrificio y haber gozado de ella como lo hicimos los dos, el hecho de llegar a casa luego de lidiar con el mundo y ser testigo de ver que, desde su primer día lleno de energía hasta el último tan débil, tuvo el amor de levantarse para moverme su intento de cola, y carajo, no soy capaz de explicarlo, pero me digno a decir que era el más profundo sentimiento de amor incondicional que nadie ha sido capaz de hacer por mí, es que nadie ha podido conmoverme durante diez años seguidos como lo hizo ese maldito.
Era cierto porque lo extraño como mierda, porque ya no lo escucho, toco, veo y huelo, porque nunca supe que la soledad merodeaba mi alma y la hacía sentir patética, inestable y miedosa, porque puedo salir al mundo y demostrar que estoy bien(Porque lo estoy), pero con la profunda pena en el alma de saber que cuando llegue a casa él no estará.
Porque siempre que llegaba mal él ha supo responder, porque cuando llego ahora quiero llorar el doble, porque mañana no querré llorar más, pues incluso mi llanto lo extraña, y no se atrever a salir si no se encontrará con él.
El momento de su último respiro lo asumí como adulto, me cargué el hecho de brindarle las comodidades que merecía como privilegiado a conocer un nuevo y mejor mundo. Después de brindarle como hombre eso que merecía, me puse a llorar como niño, a su costado, acariciándole la oreja como solía hacerlo, sabiendo muy bien que no volvería a pasar, y que ese sentimiento de no volver a estar juntos me hizo dar cuenta que sí existen barreras. (Anhelo equivocarme)
Hoy me he dado cuenta que en los últimos meses he conseguido y consolidado emociones importantísimas y determinantes para mi vida, pero que he perdido otras, siendo una de las más importantes la pérdida de un amigo.
Nunca nadie podrá decirme lo que él, porque él aun sin decir nada me lo dijo todo, siempre tuvo la forma perfecta para darme su más grande lección; “No existe barreras”, lo supe desde el día que le abrí mi puerta hasta el día en que cerré sus ojos, siempre lo tuve presente, y sobre todo, sentía en mi entraña que aquello era cierto.
Era cierto porque la relación con él era el mejor ejemplo, ese vínculo es inexplicable y ha quebrado tontas barreras de forma, origen y más tonteras. Nunca nadie entenderá el significado de la palabra sacrificio y haber gozado de ella como lo hicimos los dos, el hecho de llegar a casa luego de lidiar con el mundo y ser testigo de ver que, desde su primer día lleno de energía hasta el último tan débil, tuvo el amor de levantarse para moverme su intento de cola, y carajo, no soy capaz de explicarlo, pero me digno a decir que era el más profundo sentimiento de amor incondicional que nadie ha sido capaz de hacer por mí, es que nadie ha podido conmoverme durante diez años seguidos como lo hizo ese maldito.
Era cierto porque lo extraño como mierda, porque ya no lo escucho, toco, veo y huelo, porque nunca supe que la soledad merodeaba mi alma y la hacía sentir patética, inestable y miedosa, porque puedo salir al mundo y demostrar que estoy bien(Porque lo estoy), pero con la profunda pena en el alma de saber que cuando llegue a casa él no estará.
Porque siempre que llegaba mal él ha supo responder, porque cuando llego ahora quiero llorar el doble, porque mañana no querré llorar más, pues incluso mi llanto lo extraña, y no se atrever a salir si no se encontrará con él.
El momento de su último respiro lo asumí como adulto, me cargué el hecho de brindarle las comodidades que merecía como privilegiado a conocer un nuevo y mejor mundo. Después de brindarle como hombre eso que merecía, me puse a llorar como niño, a su costado, acariciándole la oreja como solía hacerlo, sabiendo muy bien que no volvería a pasar, y que ese sentimiento de no volver a estar juntos me hizo dar cuenta que sí existen barreras. (Anhelo equivocarme)
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