PRIMERAS LETRAS
Era el mes de Febrero, un verano de aquellos, ya saben… playa, helados, fútbol y mucha insolación. Detestaba la playa, pero era obligado a pasar la tarde con la familia en un balneario trujillano no muy lejos de mi casa. Siempre fui el último en llegar, y el primero en querer irse. Era yo un tonto niño aburrido que no le encontraba gracia ver arena, mar y sol al mismo tiempo, y que no le quedaba otra que explorar la enorme extensión de arena, para encontrar algo bueno… como un barco abandonado, o algo malo…como un amigo.
Así mis búsquedas se convirtieron en una rutina, diaria, semanal, y estaba condenado a buscar aquello que llenase mi vacío de diversión…así llegué a un pequeño cúmulo de arena, tomé mi palita y empecé a escavar con entusiasmo, entusiasmo que fue gratificado con el cadáver de un pelicano.
Aquel cuerpo putrefacto se convirtió en un tesoro para mí, todo los días lo visitaba, examinaba, incluso lo llevé a un lugar seguro, para que no se lo llevara nadie. Conforme más repugnante el pelicano, más significado tenía para mí, y más grande era la preocupación de mi madre ante mi repentino cambio de concepto sobre la playa.
Un miércoles por la mañana mi madre decide llevarme a la casa de una de sus viejas amigas, y hacer de mí, un niño normal, con amigos normales. La casa era enorme, adecuado para el trasero de la señora Beatriz, madre Paco, niño de mierda, de mi edad con tendencias megalómanas y cara rompible. Y así como llegué de obligado a la playa, fui obligado a tener mi primer amigo.
Paco se la pasaba todo el maldito día con su maletín lleno de quinientos mil colores, contando las propinas de sus cuarenta mil tíos maternos, y cantando sus épicos logros con otros tontos niños, mientras que yo farfullaba que se podía ir a las trescientas cincuenta mil mierdas. Cuando en eso llegó otra enorme señora con un contemporáneo niño, que se integro tímidamente al grupo.
Unas tres tazas de leche más tarde, Paco seguía con sus idiotas historias de cuando cazó al conejo de su amigo y lograr ponerle una pluma en la cabeza para que sea un conejo de indias…cuando de pronto un ¡Ya basta idiota!, salió de mi inocente boca, con una desesperación y libertad…hasta ver la sorpresa de Paco, y la cara roja de Alan, el niño nuevo, a punto de explotar de la risa.
Así pasaron los días y eran frecuentes las reuniones en casa del estúpido Paco, quien se veía obligado a soportar la sinergia de Alan y quien les narra, además de la inclusión de Annie, otra niña que compartía el mismo gusto por la leche, como el mismo gusto por joder a Paco.
Un día, Alan, Annie y yo, nos dimos cuenta que ya no era necesario venir a la casa de Paco, y les conté que yo tenía un mejor lugar donde podíamos reunirnos, así que tomamos el maletín lleno de quinientos mil colores de Paco sin permiso y nos fuimos al nuevo sitio de encuentro infantil, el lugar donde escondí al pelícano muerto.
Luego del espanto de mis dos amigos al ver al repugnante animal, sellamos nuestra amistad con un vaso de leche, y así nació el club del pelícano muerto…donde la primera travesurilla fue escribirle una carta de agradecimiento a Paco con sus robados colores que decía. "Querido" Paco, gracias por la leche, gracias por la casa, gracias por los colores, Gracias…vete a la mierda.
Continuará..............................................=puntos suspensivos
