Mi sueño perenne de ser escritor - y con esto me refiero a la disciplina que invierte una persona para crear, elaborar, sufrir, obsesionarse con la inquietante idea de dominar un mundo paralelo no muy diferente al que padecemos - ha recorrido la senda de los maltratos, aplausos, risas, berrinches…y una infinidad de tratos ligados a la percepción estética y emocional que sugiere la felicidad y lo contrario (¿dadicilef?).
De niño sostenía un vínculo muy especial e inocente con mi locura, donde los días en que pasaba las tardes en mi patio, significaron el factor más importante en mi desarrollo como humano. Jugaba fútbol en compañía de mi pie izquierdo, o también con los juguetes (cómplices de mi locura), además andaba corriendo junto a mi Argos alrededor del gras, para luego lanzarme al piso y ser atacado por él con sus nobles mordidas.
Aunque eso no delata la máxima expresión de mi locura infantil, sí existía una costumbre que podría hacerlo. A muy temprana edad vivía emociones que; desde afuera suelen ser cotidianas y poco trascendentes, pero que desde adentro son intensas, justas y necesarias; eran manifiestas en soledad por medio de escritura.
Sea cualquiera la razón, una hoja en blanco ha sido punto de encuentro entre mis emociones abstractas y mis expresiones concretas, a través de tristes párrafos, enfermas frases, oraciones extrañas, cuentos incompletos, divertidas rimas, espontáneos dibujos y un aleatorio etcétera. Posteriormente envueltas en un papel, resultando una carta cuyo único destino era trasladar mis sentimientos al mundo exterior y luego desaparecer.
La desaparición de las cartas era motivo de una pequeña, y poco convencional, ceremonia. En el patio se encontraban unas maletas muy antiguas en moda y maltratadas por tiempo y clima, dentro de aquellas maletas (cada vez que no habitaba alguna rata) se veían algunos papeles y periódicos añejos e inservibles también, y la ceremonia consistía en ubicar mis cartas dentro de esas maletas, entre los escasos papeles, para luego coger un balde de agua y echar el contenido y más… hasta que la maleta esté completamente empapada y las letras o imágenes de mis cartas se degraden hasta combinarse con las de los papeles viejos.
Esta degradación era inevitable, se deshacía al mínimo contacto con mis pequeños dedos…sí, yo la terminaba por destruir. Aquella sensación era completa, similar a la satisfacción de haber cumplido, prolongado y fijado deseos esenciales, pequeños…pero siempre esenciales.
Esos fueron mis primeros trotes en la escritura, ya desde pequeño fabricaba realidades no muy lejanas, y como buen creador, procuraba arruinarlas para sentirme liberado, era un niño normal, y era normal hacer cosas como esas (Creo). Si lo hiciese ahora, ya adulto, terminaría por conseguir sentirme limitadamente omnipotente, realmente triste y completamente patético, por eso ya no busco maletas viejas para poner cartas y luego echarles agua.
Ahora escribo historias en hojas de Word, guardadas en una carpeta de nombre “Alguna vez”, que no mojaré nunca porque no quisiera causar cortos circuitos, pero no dejan de ser archivos que se acumulan al paso del tiempo, degradando sus letras y logrando confundirse entre sí.
Hoy escribo en el blog, letras que son de vez en cuando leídas, que nunca son determinantes porque simplemente no deberían serlo, pero que guardan la iniciativa de ser liberadora para el que las escribe. Pero sé que al paso del tiempo y del clima, van convirtiéndose en una biblia muy delgada y superficial, sin ninguna deidad que la avale, y sin ningún mensaje indeleble.
Y tanto como tantos, aparece la innegable pregunta: “¿dónde lo dejé?”…porque luego de la satisfacción de escribir, sin importar el destino (acuático, terrestre o virtual) de lo escrito… vuelvo a empezar.
De niño sostenía un vínculo muy especial e inocente con mi locura, donde los días en que pasaba las tardes en mi patio, significaron el factor más importante en mi desarrollo como humano. Jugaba fútbol en compañía de mi pie izquierdo, o también con los juguetes (cómplices de mi locura), además andaba corriendo junto a mi Argos alrededor del gras, para luego lanzarme al piso y ser atacado por él con sus nobles mordidas.
Aunque eso no delata la máxima expresión de mi locura infantil, sí existía una costumbre que podría hacerlo. A muy temprana edad vivía emociones que; desde afuera suelen ser cotidianas y poco trascendentes, pero que desde adentro son intensas, justas y necesarias; eran manifiestas en soledad por medio de escritura.
Sea cualquiera la razón, una hoja en blanco ha sido punto de encuentro entre mis emociones abstractas y mis expresiones concretas, a través de tristes párrafos, enfermas frases, oraciones extrañas, cuentos incompletos, divertidas rimas, espontáneos dibujos y un aleatorio etcétera. Posteriormente envueltas en un papel, resultando una carta cuyo único destino era trasladar mis sentimientos al mundo exterior y luego desaparecer.
La desaparición de las cartas era motivo de una pequeña, y poco convencional, ceremonia. En el patio se encontraban unas maletas muy antiguas en moda y maltratadas por tiempo y clima, dentro de aquellas maletas (cada vez que no habitaba alguna rata) se veían algunos papeles y periódicos añejos e inservibles también, y la ceremonia consistía en ubicar mis cartas dentro de esas maletas, entre los escasos papeles, para luego coger un balde de agua y echar el contenido y más… hasta que la maleta esté completamente empapada y las letras o imágenes de mis cartas se degraden hasta combinarse con las de los papeles viejos.
Esta degradación era inevitable, se deshacía al mínimo contacto con mis pequeños dedos…sí, yo la terminaba por destruir. Aquella sensación era completa, similar a la satisfacción de haber cumplido, prolongado y fijado deseos esenciales, pequeños…pero siempre esenciales.
Esos fueron mis primeros trotes en la escritura, ya desde pequeño fabricaba realidades no muy lejanas, y como buen creador, procuraba arruinarlas para sentirme liberado, era un niño normal, y era normal hacer cosas como esas (Creo). Si lo hiciese ahora, ya adulto, terminaría por conseguir sentirme limitadamente omnipotente, realmente triste y completamente patético, por eso ya no busco maletas viejas para poner cartas y luego echarles agua.
Ahora escribo historias en hojas de Word, guardadas en una carpeta de nombre “Alguna vez”, que no mojaré nunca porque no quisiera causar cortos circuitos, pero no dejan de ser archivos que se acumulan al paso del tiempo, degradando sus letras y logrando confundirse entre sí.
Hoy escribo en el blog, letras que son de vez en cuando leídas, que nunca son determinantes porque simplemente no deberían serlo, pero que guardan la iniciativa de ser liberadora para el que las escribe. Pero sé que al paso del tiempo y del clima, van convirtiéndose en una biblia muy delgada y superficial, sin ninguna deidad que la avale, y sin ningún mensaje indeleble.
Y tanto como tantos, aparece la innegable pregunta: “¿dónde lo dejé?”…porque luego de la satisfacción de escribir, sin importar el destino (acuático, terrestre o virtual) de lo escrito… vuelvo a empezar.
