No creo haber tenido más de siete años cuando llegué a vivir en la primavera. Mi llegada fue poco notoria, pero mi observación muy profunda. Noté cada característica de los vecinos. Los primeros, tenían un estacionamiento de mototaxis, con una niña que jugaba en ellos, además de una perrita llamada Cindy, que llegó a ser la perra más vieja que he conocido (murió a los 38 años, exagero, pero fueron muchos). Junto a ellos, habitaban vecinos algo pintorescos, encabezados por una señora muy alegre y selvática, además de su marido, un ex oficial de policía, recto, pero de muy buen corazón. Pudimos vivir en armonía con el resto de vecinos, había un espíritu de solidaridad entre todos, pero nuestra casa era alquilada, y era tiempo de mudarnos a una propia.
No creo haber tenido más de veintidós años cuando llegué a vivir a los Pinos de la Plata, Mi llegada fue invisible, pero mi observación intermitente. Noté algunas características de los vecinos. Los de mi block, son muy organizados, unidos, buenas personas, y de los otros blocks, aunque muy cucufatos, eran tolerantes. Pude ver también la presencia de algunos perros, miniaturas y amables, que le brindaban cuotas de alegría a los que pasábamos por ahí.
Hace tres o cuatro días, noto la ausencia de los perritos, y aunque poco me importó, pues los pequeñines van de puerta en puerta en busca de comida, tuve una sensación extraña. Al amanecer llego a enterarme que uno de los nuevos vecinos, del block recientemente abierto, había tomado la cruel, inhumana e imperdonable decisión de envenenar a los perros, por la idiota razón de no tolerar la presencia de los animales en la puerta del block. (Existen fórmulas más sensibles de superar “el problema”). Además de envenenar a los perritos, envenenó también a un perrito con dueño fijo, y envenenó también las esperanzas de estar en un lugar “civilizado y seguro”.
Hoy me llego a enterar que el vecino, ex oficial de la policía, fue asesinado por asaltantes con cinco balazos. Originando un lamento tan o más profundo que la perdida de los perritos, y para colmo, la noticia fue circulada por los medios de comunicación, llegando a cagar el desayuno a las personas cercanas y ya enteradas del lamentable evento.
Ahora me pongo a pensar que la fragilidad de la vida toma más fuerza, mientras vivas con otra persona a tu costado, que las balas y el veneno son armas poco justas, que dejan un lamento irreparable. Que mil personas merecen ser baleadas y envenenadas más que los que la reciben, si esto es una solución de conflicto egoístas e inhumanos. Que todo, cada día es peor, que la tranquilidad está extinta, que la paz es un imposible, y que el amor es reducido. Que la tolerancia es un receptor y no un emisor, que el Perú y el mundo es una secuencia de problemas cada vez peor.
Hace minutos tomo consciencia de mi expresión de dolor, nostalgia y justicia ante todos aquellos que hemos sufrido impactos como estos, que no sabemos cómo contagiar nuestras ganas sensibilidad. Hoy me siento avergonzado de ser humano, y orgulloso de admirar a los animales. Hoy con todo el dolor acumulado pienso en todos los que quiero y abrazo a mi perro, diciéndole lo importante que es para mí.
No creo haber tenido más de veintidós años cuando llegué a vivir a los Pinos de la Plata, Mi llegada fue invisible, pero mi observación intermitente. Noté algunas características de los vecinos. Los de mi block, son muy organizados, unidos, buenas personas, y de los otros blocks, aunque muy cucufatos, eran tolerantes. Pude ver también la presencia de algunos perros, miniaturas y amables, que le brindaban cuotas de alegría a los que pasábamos por ahí.
Hace tres o cuatro días, noto la ausencia de los perritos, y aunque poco me importó, pues los pequeñines van de puerta en puerta en busca de comida, tuve una sensación extraña. Al amanecer llego a enterarme que uno de los nuevos vecinos, del block recientemente abierto, había tomado la cruel, inhumana e imperdonable decisión de envenenar a los perros, por la idiota razón de no tolerar la presencia de los animales en la puerta del block. (Existen fórmulas más sensibles de superar “el problema”). Además de envenenar a los perritos, envenenó también a un perrito con dueño fijo, y envenenó también las esperanzas de estar en un lugar “civilizado y seguro”.
Hoy me llego a enterar que el vecino, ex oficial de la policía, fue asesinado por asaltantes con cinco balazos. Originando un lamento tan o más profundo que la perdida de los perritos, y para colmo, la noticia fue circulada por los medios de comunicación, llegando a cagar el desayuno a las personas cercanas y ya enteradas del lamentable evento.
Ahora me pongo a pensar que la fragilidad de la vida toma más fuerza, mientras vivas con otra persona a tu costado, que las balas y el veneno son armas poco justas, que dejan un lamento irreparable. Que mil personas merecen ser baleadas y envenenadas más que los que la reciben, si esto es una solución de conflicto egoístas e inhumanos. Que todo, cada día es peor, que la tranquilidad está extinta, que la paz es un imposible, y que el amor es reducido. Que la tolerancia es un receptor y no un emisor, que el Perú y el mundo es una secuencia de problemas cada vez peor.
Hace minutos tomo consciencia de mi expresión de dolor, nostalgia y justicia ante todos aquellos que hemos sufrido impactos como estos, que no sabemos cómo contagiar nuestras ganas sensibilidad. Hoy me siento avergonzado de ser humano, y orgulloso de admirar a los animales. Hoy con todo el dolor acumulado pienso en todos los que quiero y abrazo a mi perro, diciéndole lo importante que es para mí.